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En primer lugar, permítanme agradecer muy sinceramente en mi nombre y el de la Fundación Institucionalidad y Justicia, Inc. (FINJUS) a la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, a través de su Rector Magnífico Monseñor Agripino Núñez Collado, por otorgarme el honor que significa participar como Orador en la Clausura de esta primera Graduación del 2010. Me emociona saber que por este mismo lugar han pasado destacados hombres y mujeres que tienen en común su alto nivel académico, su compromiso político con el futuro de la nación y su proyección como personas dedicadas al servicio de los demás.
Estas cualidades son las mismas que han caracterizado a esta Alta Casa de Estudios desde su fundación en 1962 y que de la mano de Monseñor Agripino Núñez Collado y su abnegado equipo de colaboradores ha adquirido el brillo que ilumina a la sociedad dominicana, lo que se ha realizado mediante grandes esfuerzos y aportes en todos los terrenos, que reconocen todos los sectores.
Sin dudas, este es un día memorable. Y el acto de investidura de estos jóvenes graduandos tiene un especial significado para todos sus actores.
En primer lugar para los propios graduandos, porque representa al mismo tiempo un punto de llegada y de partida de grandes empresas que les condujeron hasta aquí y que al mismo tiempo les permitirán seguir avanzado al encuentro de todos los sueños, esperanzas y proyectos que implican la construcción de la historia particular de cada uno.
Cada graduación representa la puesta en escena de visiones, proyección del futuro y compromiso por parte de cada graduando, que ve en este escalón que ascienden la llama que alienta su plan de existencia, sus anhelos y la voluntad y optimismo de caminar con paso seguro en el porvenir.
Este día es especial también para sus familias, porque este breve acto sintetiza el logro de un nuevo hito en una carrera que empezó desde el germen de la vida y que con esfuerzos y sacrificios, se ve coronada en este día. Aquí están contenidas las horas de desvelo e incertidumbre, la confianza en nuestras capacidades y nuestra fe en el Poder de Dios para dirigir nuestras vidas.
Para la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra lo es por igual, porque es una nueva muestra de su compromiso, responsabilidad social, sostenibilidad y dedicación con calidad al desarrollo nacional.
Pero es también un hecho muy importante para las comunidades de cada uno de estos graduando y el país en general, porque aunque nadie se lo haya dicho a cada uno de ustedes de manera formal, hay una esperanza que flota en esta la patria por los buenos y grandes conocimientos que han adquirido en esta academia y que potencialmente contribuirán a que las palabras salud, techo, educación, infraestructura, negocios, ocio y vida, se materialicen con nombres y apellidos concretos, que son los de ustedes como profesionales.
Esos tres niveles de proyectos y sueños, que se han movido por la historia como vías paralelas, hoy se entrecruzan, dando lugar a que lo individual y lo colectivo comiencen a adquirir una nueva fisonomía.
Como profesionales al inicio de esta segunda década de este siglo XXI les espera una sociedad de la que ustedes no son ajenos. En medio de la alegría que les circunda, me toca dirigirles una pocas palabras sobre el país que les recibe en esta fecha memorable.
No les miento si les digo que estamos a las puertas de grandes oportunidades, rodeados de riquezas naturales y ventajas importantes, pero combinadas con amenazas. Los medios de comunicación se encargan de hablarnos cada día sobre sus novedades, sobre los peligros que se ciernen sobre nuestro porvenir. Aunque suene como una paradoja, la realidad es que algunas de esas amenazas y peligros provienen del progreso, el desarrollo y el avance científico y técnico, al que con justa razón queremos incorporarnos plenamente. De la mano de la globalización, el internet y la realidad virtual, nos llega el crimen organizado, así como estilos de vida que nos desnaturalizan y modelos sociales y familiares que nos desintegran y siembran la confusión.
Tan solo la actividad nociva del crimen organizado en el país implica que los problemas sociales que arrastramos por décadas se potencien. El daño que el narcotráfico, la trata de personas o el lavado de capitales hace a nuestra institucionalidad, mediante el fomento de la corrupción y la impunidad, está comprometiendo nuestro futuro. Vean sólo el efecto que estos problemas han acarreado a nuestro sistema de justicia: en todo el país, cerca del 50 por ciento de todos los casos que atienden los tribunales tratan sobre acusaciones por posesión y tráfico de estupefacientes. O bien desde hace seis meses toda la atención del país se ha concentrado en las acciones de una banda organizada que actuó a sus anchas sin aparente control del Estado, o lo peor, en contubernio con algunos malos funcionarios públicos.
Desde hace largo tiempo, por ejemplo desde esta misma Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, se han realizado numerosos estudios y diagnósticos sobre los peligros que se ciernen sobre nuestra gobernabilidad, sobre los retrasos en asumir con responsabilidad las reglas de juego del sistema democrático y la urgencia de que los partidos políticos, como representantes legitimados de la ciudadanía, eleven su mirada hacia el porvenir y superen la dañina tendencia de soslayar las aspiraciones democráticas y de progreso de los dominicanos, al colocar sus intereses particulares por encima del bienestar de la nación.
No es el momento de abrumarlos con una lista de males y problemas. Tanto para ustedes, como nuevos profesionales que aspiran a triunfar en un medio donde tienen sus raíces, como para todos nosotros, instituciones y personas comprometidas con el futuro del país, lo esencial es conocer lo que está de base de estos problemas y cómo encarar su solución.
Son muchas las voces que enfatizan que de todas las situaciones que nos amenazan la que más nos agobia es la crisis de los valores y los principios que deberían guiarnos por el sendero de la paz y el bien. Cuando miramos a nuestro alrededor vemos que muchos de los fundamentos de nuestra sociedad se debilitan:
Las crisis en el seno de las familias adquieren nuevas formas de manifestación y se reproducen con más intensidad
Vemos que el diálogo, el respeto a las instituciones y la obediencia a las leyes, que son valores fundamentales que sustentan nuestra convivencia pacífica, no son reconocidos ni asumidos por amplias capas de la población. Nos apena ver que el afán de lucro se coloca por encima de toda posibilidad real, por lo que algunos viven en una carrera desbocada por alcanzar riqueza o poder a corto plazo, sin importar el medio necesario para ello y relativizando los principios morales.
La falta de solidaridad y el desinterés por los problemas de la vida nacional campean por todos lados. La política es sinónimo de algo sucio y para algunos es el momento de encerramos en nuestra coraza. A esto contribuyen, de forma natural, quienes reproducen y se aprovechan del modelo caudillista y clientelista de poder, sin miramientos ni consideraciones para apoderarse o usufructuar los ingresos y riquezas de todos los dominicanos.
Nada de lo dicho hasta ahora es subjetivo. Todo esto se refleja sistemáticamente en las encuestas que se publican regularmente.
¿A dónde nos conduce todo lo anterior?
Lamentablemente transitamos hacia la apatía social;
Hacia la falta de credibilidad en las instituciones;
Hacia el deterioro del clima de diálogo entre autoridades y la sociedad.
Al debilitamiento de la confianza en nuestro futuro común.
Reconocer estos problemas debe concebirse como un ejercicio de nuestra fortaleza como sociedad y como personas. No debemos tener temor de analizarnos, ver las limitaciones que se han ido generando por décadas, siempre y cuando podamos conjugar la capacidad y la voluntad de cambiar, de inventar soluciones y de esa forma superar los temores y la incertidumbre del futuro.
Son muchas las prioridades, pero podemos dar pasos para fortalecer nuestras instituciones, cambiar algunas prácticas y crear nuevos precedentes. En esta misma semana el país ha entrado en una nueva etapa en su ordenamiento jurídico al adoptar la reforma de la Constitución de la República, proclamada el 26 de enero pasado. Y aunque parezca extraño o suene abstracto, en ese nuevo texto descansan muchas de las vías para acercarnos a las soluciones deseadas.
En ella se explicitan principios cardinales de nuestro ordenamiento político-jurídico y social. Recoge asimismo reformas interesantes que dan menos ambigüedad a las funciones del Estado y amplían el cuadro de derechos fundamentales y las garantías para su realización.
Al mismo tiempo sienta una hipótesis de trabajo que tiene en el centro de su reflexión la idea de que las instituciones deben ser fortalecidas y que aunque no somos un país desarrollado, podemos vivir en una democracia representativa cada vez más participativa, que estimula la ciudadanía activa, que se siente corresponsable del futuro y ve a los poderes públicos como sus aliados para el progreso.
La nueva Constitución apuesta a mejorar nuestra calidad de vida, bienestar y seguridad, tanto jurídica como ciudadana, al crear mejores controles dentro del Estado, asignando al Congreso de la República nuevas funciones para que pueda vigilar de manera más idónea el uso de los fondos públicos; al crear un verdadero sistema de consecuencias por los actos ilícitos que configuran la corrupción pública o privada.
La nueva Constitución propone nuevas instituciones para que el sistema de justicia sea más eficiente y efectivo en la superación del clima de impunidad que está en la base de la corrupción que no podemos seguir tolerando.
Por ello esta nueva Constitución debe ser convertida en un documento de estudio y análisis permanente para todos los habitantes de este país, no importa la edad, sexo, condición social o nivel educativo. Allí se expresan los principios fundamentales de nuestra sociedad, lo que nos distingue como nación, lo que da sentido a nuestra identidad. Los ideales de bienestar, independencia, soberanía, justicia y dignidad que allí se recogen, nos pertenecen a cada uno y expresan una obligación tanto para nuestros representantes y funcionarios designados como para cada habitante, como un deber inherente a su existencia.
Por ello la idea de tolerancia, indiferencia o desinterés en los asuntos públicos debe ser desterrada de nuestras vidas en todas sus dimensiones, cultivando el sentido de la responsabilidad y la integridad y luchando para que la coherencia sea una de las cualidades que nos distingan en el ejercicio profesional y en nuestras vidas privadas. Sabemos que la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, a través de sus autoridades y profesores se ha empeñado en darle especial significado a estos valores a lo largo de su carrera universitaria.
Debemos mirar el futuro con optimismo. Estas palabras buscan despertar en cada uno de ustedes la conciencia de que podemos trascender las limitaciones que atravesamos y que para ello es necesario conocer a fondo nuestro medio social, sus fortalezas y debilidades, tener claridad de las prioridades y ser un agente motivador para quienes han terminado vencidos por el pesimismo y la desilusión.
República Dominicana está en un cruce de caminos. Desde la antigüedad, por ejemplo, en Grecia, las encrucijadas fueron la imagen de que estamos ante un momento de cambio. Después de tomar conciencia de que existen situaciones a corregir, cada uno de nosotros puede contribuir a ser un ente de cambio. Desde su ejercicio profesional; desde su práctica privada; desde el desempeño de un puesto en la Administración pública; en el ejercicio de la docencia; en la construcción de organizaciones sociales y civiles que vigilen al Estado y contribuyan junto a éste a superar los problemas.
Este es el sentido del compromiso, que se manifiesta a través de la acción. Nuestro país ha mostrado una enorme capacidad para sobreponerse a todos los males, y desde todas partes nos elogian por nuestro carácter abierto y humanitario, por la bondad proverbial y el buen humor, elemento esenciales para enfrentar todas las situaciones y superarlas.
El pasado 26 de enero, al cumplirse el 197 aniversario del nacimiento del Padre de la Patria, tuvimos nuevamente la oportunidad de recordar su insistencia en sus ideas fuertes, como el llamamiento a la unidad de propósitos para hacer a la República Dominicana grande e independiente; su persistencia en alcanzar metas comunes y promover la conciencia de que solo a través de la justicia es que construiremos una sociedad donde la concordia y la felicidad estén al alcance de todos los habitantes.
Este es un día de alegría. Bien ganada y mejor recibida. El néctar de la victoria, el regocijo por arribar a la meta anhelada, llenan todos los rincones de este lugar.
Felicidades sinceras para cada uno de ustedes en este día memorable; para los graduandos, como culminación de un esfuerzo prolongado; a sus padres, como confirmación de que está más cerca el destino al que ustedes han querido conducir a sus hijos, que no es otro que verlos triunfando con honradez y reconocidos por la sociedad.
Felicidades para esta universidad, que muestra a la sociedad que los valores que la animan y la acción que encamina sigue dando frutos y recibiendo los justos reconocimientos que avalan su misión y calidad institucional.
Muchas felicidades, jóvenes graduandos, señores y señoras; autoridades académicas. Sigue siendo la hora de continuar la marcha en pos de nuevos éxitos para ustedes y para la República Dominicana.
Muchas Gracias.
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